Hace algunos días, pusieron en venta sus propiedades y pertenencias. Esperan el Armagedón para algunas semanas más. Los fieles del grupo en Nairobi, deben terminar de construir un búnker lo suficientemente grande y resistente para antes del desastre. Según su lectura del libro sagrado, el 12 de septiembre del año 2006 es el fin del mundo.
Los miembros de la secta “Casa de Jehová” interpretan que los hechos desencadenados recientemente en Oriente Medio se revelan como la causa inmediata – hace un par de semanas desconocida - para un evento previsto con antelación. Aunque sabían de antemano la fecha, no imaginaban que el secuestro de dos soldados israelíes al sur del Líbano iba a ser el expediente.
Entonces el Armagedón se vio más nítido. Ese día, Estados Unidos intervendrá de manera directa para proteger a Israel y provocará una guerra a gran escala entre las potencias atómicas. Habrá un invierno nuclear con temperaturas mundiales inferiores a 0° grados centígrados, mientras las altas concentraciones radioactivas se esparcirán por todo el planeta provocando la muerte de millones de seres humanos, piensan.
De seguro que el vaticinio de esos fanáticos se traducirá en una más del montón de estériles fechas sobrecargadas de paranoia. Y no se trata de que lograr tal grado de exactitud esté o no dentro de las fronteras del conocimiento humano. La razón es más simple.
Tradicionalmente Estados Unidos se ha preocupado por entregarle una asistencia a Israel lo suficientemente generosa como para intervenir de manera visible y presencial en el conflicto (lo que por supuesto no excluye que pueda hacerlo a través de sus fuerzas de paz como lo hemos visto durante los últimos días). Son 3 billones de dólares anuales de ayuda los que le permiten mantener a Estados Unidos una cuota variable de control en el complejo escenario árabe - israelí. Mucho dice que el PIB per cápita de Israel esté muy cerca del de España o Corea del Sur. En esto, el lobby sionista ha sido lo suficientemente hábil cuidando de no enfriar los vínculos que aún lo mantienen bajo el abrigo de la simpatía republicana. Ya se ha dicho que la para -diplomacia de Israel a menudo consigue lo que quiere. El Irak de posguerra es, además, el argumento de peso de quienes piensan que es mejor sacrificar una buen fajo de dólares en vez de vidas humanas propias, amén de una movilización extraordinaria de recursos.
Irán, por su parte, ha hecho lo mismo con grupos radicales como Hamas y Hezbollah a fin de participar del conflicto y colocarlo fuera de sus fronteras evitando una intervención militar directa. Mientras a nivel interno centra sus esfuerzos y recursos en el enriquecimiento de uranio a pesar de los mediocres índices de su economía local, destina alrededor de USD $100 millones al año a financiar su participación a través de agentes trasnacionales como lo hace con Hezbollah. Hace poco, prometió USD $50 millones para ayudar al recién electo gobierno de Hamas. La presión de la comunidad internacional, ha hecho que el largo e imperceptible brazo de Irán se haya hecho visible como pocas veces.
En Oriente Medio se reproducen a escala parte importante de los conflictos mundiales. Es un vaciadero; el gran teatro del mundo.
Vamos a lo particular. Desde que proclamó su independencia en 1941, el Líbano ha sido un Estado títere, muchas veces ha representado forzosamente los intereses de grandes potencias o concentrado la tensión del vecindario musulmán. En este territorio, de unos 10.500 km2, conviven musulmanes, principalmente chiítas, algunos sunitas y cristianos de distintas confesiones. Es netamente una sociedad dividida bajo el gobierno de un Estado débil. Los primeros desajustes de esta fragmentación se vivieron a partir de la guerra civil de 1975. Luego, la creciente rivalidad entre Siria e Israel envolvió al Líbano, que terminó por convertirse en el teatro de sus operaciones. Siria invadió el Líbano en 1976 e Israel en 1978, 1982 y 1996. Poco tiempo después, el gobierno de Damasco volvió a tomar control del país hasta febrero del año pasado, tras el asesinato de Rafik Hariri, el más destacado líder antisirio. La resolución 1559 de U.N. los obligó a terminar con su larga ocupación o “protectorado” como algunos lo llamaron. En tanto Israel se mantuvo al sur del Líbano, en la llamada “zona de seguridad” hasta que la presión militar ejercida por grupos radicales la obligó a moverse de los ladeos del río Litani y retirarse completamente del Líbano.
La que fue considerada a mediados de la década del 70’ la “Suiza de Oriente Próximo” por lo que mostraba su pujante economía, ha vivido brutales retrocesos. Tan sólo hace algunos días, Israel amenazó con una soltura escalofriante llevar al Líbano 20 años atrás.
Hezbollah surgió en 1982, luego de una de las incursiones israelíes más feroces registradas en el Líbano. “El partido de Dios ha tenido un crecimiento estrepitoso. La prensa ha comparado algunas veces a este grupo radical con Al Qaeda con una mirada muy gruesa. Poco después del 11 de septiembre del 2001, expertos norteamericanos advertían que, pese a que ya era pública la participación de Bin Laden en los atentados, la guerra contra el terrorismo debía tener como objetivo final a Hezbollah. Ellos fueron los primeros en inmolarse con bombas suicidas con el fin de perpetrar ataques en facciones enemigas. Se ha hablado de un “modelo Hezbollah”, que ha sido asimilado por otros grupos radicales. Su historial de acciones terroristas es más nutrido y variado que el de Al Qaeda, muchos piensan que sus redes también. Se han localizado células de la organización en Francia, España. Chipre, Singapur, América del Sur y Filipinas, además de Oriente Medio. Por otra parte, se señala que tiene un poder de “regeneración” tremendamente eficaz, esto es, día a día forma nuevos líderes que seguramente se pondrán a la cabeza del movimiento en algunos años más. En ese sentido, Hasan Nasrallah, líder de los rebeldes, duerme tranquilo. Es que Hezbollah, a diferencia de Al Qaeda, se ha transformado en un grupo social y político. Al sur de Líbano y en varios suburbios pobres de Beirut, zonas que los analistas han llamado “Hezbollahndia”, ejerce un control prácticamente total por medio de una poderosa malla que provee de servicios sociales básicos, que incluyen alimentos, medicamentos, clínicas y educación. Esto, sin incluir su propia estación satelital, Al – Manar. Asimismo, en el parlamento cuenta con 14 legisladores y en el gabinete con 2 ministros. Hezbollah, a diferencia de los seguidores de Bin Laden, ha salido de la sombra, ha hecho todo lo posible para legitimarse con una cuota de éxito considerable y ha logrado anclar el núcleo de sus operaciones dentro del Líbano con el beneplácito de muchos libaneses y bajo la simpatía de muchos miembros del mundo árabe. Sin ir más lejos, es el único que ha derrotado a Israel expulsándolo de su territorio el 2000. Gran parte del mundo musulmán vio en este hecho una gesta heroica y en Nasrralah a un líder carismático y valiente.
Con el correr de los años, el grupo armado chiíta ha logrado con la ayuda de Siria e Irán crear una especie de Estado independiente y paralelo al gobierno de Beirut. Estratégicamente, ha moderado sus proclamas iniciales que apuntan a la instauración de un gobierno islámico en el Líbano, el fin del imperialismo occidental y la destrucción del Estado de Israel. Esa cautela y su historial de éxitos militares, le ha permitido penetrar con alguna legitimidad en la sociedad libanesa y alcanzar el status e influencia de la que hoy en día goza.
La gran sombra que se levanta detrás de este conflicto es sin duda Irán, apoyado por Siria. Los secuestros al norte y sur de Israel, por Hezbollah y Hamas respectivamente de tres de sus soldados lograron nuevamente estropear el inicio de un nuevo proceso de paz en Medio Oriente. El 22 de junio el primer ministro israelí Ehoud Olmert y el presidente de la Autoridad Palestina Mamhoud Abbas se habían reunido para iniciar una nueva relación. Uno de los objetivos inmediatos de la mayoría de los grupos radicales en Oriente Medio es la desestabilización de los procesos de paz. El secuestro de soldados en los dos frentes más belicosos de Israel se produjo con pocos días de distancia. Muchos especulan si se trató de una acción coordinada entre ambos grupos. Aún no hay respuesta para eso. Sin embargo, pese a que los miembros de Hezbollah profesan la rama chiíta del Islam y Hamas la sunita, sus vínculos - basados en objetivos similares al largo plazo - son un hecho.
Son muchas las razones por las que Irán, sin participar directamente en el conflicto, puede ser visto como UNO de los responsables. Primeramente, a Irán no le conviene el establecimiento de un proceso de paz muy prolongado. Un congelamiento del conflicto le coloca suficientes barreras a la exportación de la Revolución Islámica, iniciada en 1979 con el Ayatolá Jomeini, a regiones precisamente como el Líbano. El cese de las hostilidades, podría a la larga desactivar el rol de sus principales agentes transnacionales.
En segundo lugar, la estrategia de desestabilizar el proceso de Paz en Oriente Medio tiene otra lectura. Hemos dicho que en Oriente Medio se reproducen a escala las guerras del mundo. Con el conflicto a pocos kilómetros de su frontera, el gobierno de Teherán puede colocar al desarrollo de armamento nuclear - blanco de críticas por parte de la comunidad internacional - como una necesidad. “Si quieres paz, prepárate para la guerra”, dice una vieja sentencia latina. Según la última encuesta internacional ZOGBY, un 27% de la población piensa que el desarrollo de arsenal nuclear debe estar entre las primeras prioridades del Estado.
Hoy día el gobierno del presidente iraní Ahmadineyad tiene en frente a un país dividido entre la decepción y la lealtad al régimen. Bajísimos niveles de empleo, una serie de privilegios enquistados en los círculos de poder y el desencanto de la Revolución Islámica entre gran parte de la sociedad civil, son factores que han hecho cuestionar su legitimidad. Levantar polvo para llevar a Israel a la guerra tiene un doble propósito. Por un lado, “demonizarlo” y e intentar colocarlo como el único responsable de la inestabilidad de la región, tal cual hace Bush con Irán y muchos otros. Mientras el mismo Bush, subrayó que Israel tenía el derecho a defenderse, la Unión Europea ha condenado el uso desproporcionado de su fuerza contra el Líbano. Europa no justifica la represalia. Mientras Israel está en la mira de las críticas internacionales, entre las que se incluyen de paso la de vecinos moderados como Egipto, Jordania y Arabia Saudita, Irán se “blanquea”. Tal como sucede en el mundo, en Oriente Medio no hay buenos ni malos, sólo actores.
Por el otro lado, Ahmadineyad no hace más que aumentar la aprobación a nivel interno en torno a temas estratégicos, en un momento en que por la difícil situación del país los consensos escasean. Según ZOGBY International un 67% de los iraníes consideran que el Estado de Israel es ilegítimo y que no debería existir, idea que causa bastante placer en el círculo íntimo del poder.
Irán quiere llenar el vacío de poder que se produjo en Oriente Medio tras la caída de régimen de Saddam y transformarse en el nuevo líder regional. Los operativos militares y de inteligencia encubiertos tanto en el Líbano, como en Palestina e Irak así lo demuestran.
Si bien por el momento no debe preocupar el Armagedón, sí lo debe hacer la influencia y la posición que está tomando el régimen teocrático de Irán. Lo que finalmente está en pugna aquí es quien se va a llevar la mayor porción del mercado de Oriente Medio, si la exportación de la Revolución Islámica o la exportación de la democracia liberal al estilo Bush. Para saber eso tendremos que esperar mucho tiempo más que los fieles de la "Casa de Jehová".
Gracias a la compasión que despertó la triste campaña publicitaria que desplegué en la última columna, las visitas a mi blog han aumentado ostensiblemente. Sin embargo, la popularidad de Bush sigue cayendo en las encuestas. A mí ya se me pasó el insomnio. Una EME ya no me quita el sueño; la otra viene saliendo de una severa crisis colegial. La muerte de Abu Musab al Zarqawi - el hombre fuerte de Bin Laden en Irak - no levantó ni un ápice el pobre 29% de aprobación que muestra su mandato. La cifra lo coloca entre los presidentes norteamericanos menos aceptados en la historia reciente de Estados Unidos, justo detrás del histórico Harry Truman, con un 24% obtenido en la primavera de 1951, y empatando en segundo lugar con Jimmy Carter, cuya popularidad se vino abajo tras la crisis de los rehenes en Irán en 1979.
El ejercicio de poder global que se desprende de la vocación universalista norteamericana, esto es la proyección de sus intereses fuera de sus fronteras naturales, ha hecho de la popularidad de muchos presidentes estadounidenses un “atributo” de bajo perfil.
Más del 60% de los ciudadanos norteamericanos piensan que el país va en una dirección equivocada. La piedra en el zapato: la situación en Irak.
A pesar de que a nivel interno los números no lo acompañan, este índice, ya está dicho, refleja más que todo el rechazo a la gestión del Bush “presidente del mundo”, la desaprobación del Bush “almighty”. Es en ese espacio político donde éste encarna al mesías, al enviado, apoyado por sus apóstoles los halcones republicanos y uno que otro canario temeroso a ser devorado o morirse de hambre.
A principios de la década del 90’, tras la caída del Muro de Berlín, las tradicionales teorías relativas a la dinámica de las relaciones internacionales comenzaron a ser desechadas por su aparente incapacidad para explicar el mundo de la Post Guerra Fría. De ahí en adelante la desesperación se apoderó de una serie de teóricos nerviosos y a la vez excitados por este vacío epistemológico.
Desde Norteamérica, inmediatamente se levantaron paradigmas e interpretaciones de lo que se creía la mejor forma de explicar el nuevo escenario. The End of History and Last Man, el triunfo definitivo del liberalismo como el mejor – y último - estado ideal posible, el ya cliché choque de civilizaciones (“The Clash of Civilizations”), todos ellos, en definitiva, de perspectiva bastante reducida (sujeta a la realidad, posición o deseo norteamericano) pero muy precisos en términos de cómo se ha (re) definido la política exterior de esta potencia.
Por un lado, la postura que reconoce el triunfo del liberalismo como la última etapa en la evolución ideológica de la humanidad, producto de que las sociedades no querrán moverse más allá de este estado perfectible y conveniente. Por el otro la identificación de grandes sociedades peligrosas y hostiles y de alta confrontacionalidad, bajo el lema “el choque de las civilizaciones”. En una segunda y conjunta lectura, el liberalismo, más que la democracia, como ente exportable - bastión de lucha - y el choque de civilizaciones que, aprovechando el poder absoluto de Estados Unidos por sobre otra cualquier civilización de la tierra, se ha transformado en un buen pretexto para expandir la ideología, establecer gobiernos proclives y proyectar su propio poder.
El choque de civilizaciones está muy en sintonía con el menos elaborado concepto de “eje del mal”, popularmente conocido en el mundo luego del inicio de la estrategia de seguridad nacional en Estados Unidos y la puesta en marcha de su maniobra “preventiva” (Homeland Security), en septiembre de 2002. En busca de márgenes que pudieran “legitimar” sus acciones militares en el extranjero, Bush Jr. y sus asesores se vieron en la necesidad de “demonizar” ciertas regiones del planeta, esto es, definir estratégica y rápidamente enemigos e incluso inventarlos. La política exterior estadounidense se nutre de la búsqueda de antagonistas y – en el caso de que no existan, como ha sucedido luego de la caída de la URSS – levantar nuevos rivales.
Irak es el perfecto resumen de lo anterior. Estados Unidos llevó a cabo la guerra bajo el supuesto de la existencia de armas de destrucción masiva (WMD), inexistentes. Ahora lucha por establecer y consolidar los “valores occidentales” (léase democracia liberal) en un territorio que terminará siendo – con un costoso proceso a cuestas mediante – uno más de sus satélites, aunque por su valor energético no uno cualquiera. 
Veinte y cinco siglos antes de que todo esto sucediera, Tucídides escribía “La Guerra del Peloponeso”. Y bueno, las cosas no han cambiado mucho, al menos en la forma en cómo las potencias mundiales han entendido y se han comportado frente al poder. La búsqueda del propio interés y el miedo a ser dominado si uno no domina, parecieran seguir anteponiéndose a cualquier asomo de idealismo o buenas intenciones.
La idea de que el sistema internacional es, por esencia, anárquico y de que sus actores son maximizadores de utilidad, hacen de la política internacional un juego basado en el interés nacional y en cálculos de poder.
Cuando Atenas y Esparta luchaban por la supremacía en los Balcanes no existían instancias de cuestionamiento o juicio masivas: medios de comunicación, organismos multilaterales, ONG’s, ni una sociedad civil siquiera mínimamente cercana al status de actor relevante en el plano internacional como lo es hoy en día. Sin embargo, actualmente algunos medios globales de comunicación están del lado de Bush, a quien además poco le han importado las cláusulas de Naciones Unidas, las cotidianas manifestaciones de ONG’s y la opinión o percepción que la sociedad internacional (incluida la norteamericana) tiene de su gestión.
Y si de popularidad se trata, ya llegará el momento y los pretextos para ocuparse de las elecciones presidenciales del 2008 y de intentar revertir esta caída. Porque tampoco se trata de hipotecar un próximo gobierno republicano. Tampoco de que Bush y la aplicada Condoleezza (su posible sucesora) terminen transformándose en mártires de los intereses oficialistas.
Por mi parte, asumo completamente que no soy un blogger, pero: ¿es la pérdida del insomnio mejor pretexto que el hackeo de la vez pasada? …A mí, sí me importa la popularidad.
Pensaba en cuántos pedían perdón al demorarse en actualizar sus blogs. Según una persona que conozco cerca del 70% de los blogs que se crean cada día no superan la barrera de la primera posteada, considerando que según la literatura especializada todo aquél que quiera alardear frente a sus amigos el tan de moda "yo también tengo un blog" debe actualizarlo al menos una vez por semana. Me pasa que no tengo ante quién disculparme. Lamentablemente las visitas a mi espacio han descendido más que la popularidad de Bush en las encuestas, a quien la pregunta "What’s wrong?" - según entiendo por la prensa - le ha quitado el sueño por las noches tanto como lo ha hecho su obsesión por el petróleo. Bueno, el asunto es que luego de unos meses vuelvo a escribir sobre algunas ideas que espero sigan ayudando a superar el barroco estilo de redacción que traigo a cuestas. Es tarde. Reconozco que lo hago como una forma de esquivar la poco agradable sensación que te produce el estar con insomnio mirando el techo en la misma situación que George. Claro que en mi caso no es el petróleo, sino una chica. Ahora la página que pretendo escribir está prácticamente en blanco y me encuentro frente a los mismos fantasmas de los que habla Sábato, preguntándome cómo ser coherente en medio de una avalancha de ideas aparentemente inconexas. ¿Cómo ligar las tonterías que acabo de escribir con el tema que del cual quiero hablar y que por pertenecer a la agenda mediática del establishment puede ser catalogado de serio? Antes de cometer un desaguisado – acuso el peso de no escribir sin presión desde hace algún tiempo – intentando colocar a la fuerza en la fila de la coherencia ideas rebeldes y poco amistosas entre sí, reconoceré que no hay conexión lógica, salvo que la persona de la cual voy a hablar también es una chica, como aquella que me tiene junto al hombre más poderoso del mundo despierto a esta hora y que, además, las letras que encabezan sus respectivos nombres son las mismas. Es sólo coincidencia que en estos momentos me esté llevando a la boca una de esas bolitas de chocolate con centro de maní tan famosas en Norteamérica. Mucho se ha hablado de lo progresista de un Chile que se ha atrevido a elegir a una presidente mujer, dándole la espalda a su tradición conservadora. Hoy, desde una perspectiva de género, hay muchos que hinchan su pecho y me atrevería a decir que son pocos los que se arriesgarían a decir en público que las mujeres sólo sirven para gobernar una casa. Es el Chile de hoy, un Chile de cambios bruscos, donde hemos visto caer parte de los viejos ídolos y costumbres del siglo XIX que – gracias al gran manejo político, económico y mediático de la derecha - perduraban todavía en la década de los 90’. La irrupción de la mujer en el mundo profesional y en el desempeño de tareas de alta responsabilidad es una realidad. De hecho, son cada vez más los maridos que se quejan cuando deben calentar su comida en el microondas al llegar del trabajo y que sienten temor por el futuro de sus hijos ante el creciente fenómeno de la "madre ausente". Durante los años 90’ fue un tema recurrente de novelas, teleseries y estúpidos debates televisivos el hecho de que una mujer tuviera un salario mayor que el de su cónyuge. Aparentemente hoy en día nadie cuestiona las capacidades de una mujer para gobernar una nación. En efecto, esto ha favorecido a una Bachelet que en el Chile de hoy no tiene que llegar a demostrar que el usar tacos, colaless y maquillaje es un impedimento para gobernar. Sin embargo, eso no quita que se generen expectativas en torno a su figura y a su papel de Presidenta. Bachelet de ninguna manera tiene
que cumplir la tarea de hacernos perder el temor a ser gobernados por una mujer pues ese temor creo que no existe de manera masiva. Lo que nos tiene que hacer perder es la constante desconfianza de la política hecha a puertas cerradas y el miedo a que en algunos años más aparezcan, como consecuencia, inundando los medios de comunicación otros Joaquín Lavín versión bicentenario. Por eso mismo, lo que deberá realmente demostrar Bachelet es que su elección como candidata de la izquierda no fue una maniobra política destinada a darle una brisa de novedad – a nivel de percepción ciudadana - al estancado aire de la Concertación y quitarle a algunos el temor que despierta el fantasma del PRI mexicano. Es un hecho que Bachelet, en su calidad de mujer, supo introducir y ser percibida como una sensación real de cambio luego de 3 periodos sucesivos de gobiernos concertacionistas. Esto, luego de que años antes cerca del 50% del país votara por el eslogan lavinista "viva el cambio". Es indudable que como mujer representa un potente elemento de marketing político en un Chile un poco aburrido de lo mismo. Es ahí donde podemos cuestionarnos si efectivamente Michelle emergió como la líder natural de la izquierda chilena o si más bien fue producto de una Concertación que no podía dormir tranquila y se desvelaba – tal cual lo estoy haciendo ahora junto a Bush - preguntándose cómo lo podía hacer para optar a un cuarto gobierno consecutivo.
Escribir con el estómago vacío, puede ser un juego algo tortuoso o un buen ejercicio de estoicismo. Las neuronas pueden excitarse al mismo tiempo que lo hacen las tripas. El asunto es que, a propósito de la porción de chapsui o la hamburguesa rodeada de french fries que lograron despertar mi antojo, me puse a pensar en la forma que tomará la estructura del poder mundial durante las próximas décadas. Hablar de China como un actor de primer orden – ya no emergente – en el sistema internacional, no logra abrir el apetito de nadie. En cambio, hincar el diente en el contexto dentro del cual este acontecimiento está operando, permite disfrutar de nuevos sabores a la hora de masticar un tan repetido plato. Si los historiadores, por manejar tiempos más largos y mirar las cosas en perspectiva pueden ver en un hecho parte de una tendencia de la más completa actualidad, para el resto tal hecho puede ser ya un lugar común. Llevado al plano gastronómico si para algunos el pastel está recién horneado, otros pueden considerarlo un tanto añejo. Esta tendencia, claramente identificable a partir de la década de los 90’, puede ser bautizada como la “Pacificación” de las Relaciones Internacionales, esto es, la “reciente” activación de un área geo – estratégica y, con esto, la reorientación de los centros de poder mundial hacia el Océano Pacífico. Con reciente, remito a un proceso que en el transcurso de la humanidad solamente es antecedido por dos largas instancias de similar magnitud. La primera, se relaciona con lo que podríamos considerar la “Mediterranización” del mundo. Aquí Europa concentraba el poder y lo proyectaba hacia el Mar Mediterráneo, el gran lago del que conocemos hoy como Viejo Continente; área geográfica en la cual operaban una serie de relaciones entre distintas culturas y que pueden ser leídas en diferentes planos e intensidades. Primeramente fue el principal punto de encuentro comercial entre oriente y occidente. De allí las relaciones alcanzaron niveles cada vez más complejos. A través de los juegos del intercambio éstas se fueron progresivamente extendiendo hacia formas más abstractas, esencialmente culturales. Pasarán muchos siglos antes de que – tras algunas interrupciones producto de la expansión musulmana – el panorama mundial comience a cambiar. La introducción – u occidentalización - de la imprenta, la pólvora y la navegación de alta mar, le entregan a Europa los mecanismos para lograr saciar la sed de sus pujantes sociedades pre-industriales. A fines del siglo XV se visualiza un profundo quiebre tras el surgimiento de un nuevo fenómeno: el de la “Atlantización”, proceso que le entrega a Europa el dominio del globo. La aparición de los Estados Nacionales en la Época Moderna va a significar una redefinición de las relaciones internacionales en términos políticos y económicos. Nuevos grandes poderes, principalmente las nuevas monarquías de Europa occidental, iniciarán la era transoceánica y darán pie para la formación de un sistema global de Estados. Por el hecho de que Europa solamente introdujo tecnología que había sido desarrollada por los asiáticos siglos antes, hay que detenerse en la paradoja que plantea China en estos momentos de la historia. De las civilizaciones premodernas China es, sin duda, la más avanzada. Con una población superior a la de Europa, 100 a 130 millones en relación a los 50 a 55 millones de europeos (P. Kennedy, 1987), su cultura milenaria, su poder de organización político y sus fértiles e irrigadas tierras la colocan por sobre cualquier civilización contemporánea. La paradoja se plantea entonces al intentar resolver por qué Europa y no Asia, más precisamente China, termina por conquistar América, abrirse paso hacia nuevas latitudes y lograr la supremacía desde un punto de vista económico y político dentro del sistema mundial. El chapsui aún no está listo o como se ha dicho China aún no ha chocado con los límites de lo posible, lo que ha inhibido la completa aplicación de la técnica que ha desarrollado. La mentalidad conservadora, típica del confucionismo puritano coloca a la región en un plano muy distinto que el de la generada en las pujantes ciudades mercantiles europeas, donde si hay una predisposición etológica hacia el desarrollo y la expansión económica. Otras razones de carácter más eventual – ya no estructural – hablan del repliegue chino con el fin de defender sus fronteras ante el avance mongol y la incursión de piratas japoneses. Mientras el Mediterráneo pierde preponderancia, el Océano Atlántico se transforma en el área geo - económica de mayor trascendencia. El descubrimiento de América termina por romper el antiguo esquema euro – afro – asiático para dar paso a un sistema económico a escala mundial. El mundo tal cual hoy lo conocemos ya está enteramente conectado, lo que nos sugiere la idea de que el concepto contemporáneo llamado globalización ya es una realidad operativa a partir de entonces. Evidentemente no es la religión, ni tampoco la política sino el comercio lo que nos regala una idea primitiva de globalización, en la medida en que al ser el principal vehículo de intercambio material, es el punto de encuentro en el que se materializan parte importante de las relaciones interestatales de este nuevo sistema mundo El carácter marcadamente eurocéntrico del sistema internacional se extenderá hasta el primer cuarto del siglo XX, luego de que Estados Unidos se coloque al frente del sistema en lo que va a significar la reorientación del escenario internacional. El poder británico retrocede y deja lugar para que el liderazgo estadounidense - de fuerte carácter universalista - tome el lugar correspondiente. Tal como se ha dicho, desde tiempos del Imperio Romano que no existía una única nación que se alzara por sobre las demás de la manera en que hoy lo hace Estados Unidos. El concepto de concierto internacional, basado en el principio de equilibrio de poderes, retrocede en favor de la hegemonía estadounidense. Es necesario preguntarse, a la luz de los procesos que superficialmente hemos revisado, cuánto tiempo le queda a Estados Unidos en términos de
poder y cuáles son las principales amenazas que enfrenta su supremacía. Es el crecimiento económico y el desarrollo tecnológico sumado a estructuras sociales proclives al cambio lo que inicialmente conduce a un pueblo a adquirir la condición de potencia mundial o de imperio. El desarrollo económico tiene inevitablemente un fuerte impacto en las estructuras sociales, en el sistema político y en el poder militar, todos ellos elementos que confieren o niegan la supremacía de un Estado por sobre otro. Por razones naturales, el ritmo de crecimiento de los distintos países es irregular, pues está condicionado a experiencias históricas particulares e irrepetibles. De este modo podemos entender las asimetrías inherentes al sistema mundial y, asimismo, el auge y caída de las grandes potencias con sus respectivas áreas geográficas de influencia. Con ello la reorientación de los centros de poder. El problema de los límites del poderío estadounidense es útil para introducir, en la medida en que se transforme en una amenaza, el creciente y sostenido poderío alcanzado durante los últimos años por algunas regiones del Asia – Pacífico. Da la impresión de que hoy en día las hamburguesas a muchos ya les han producido bastante dolor de estómago. De arrogante aspecto y protegida por intragables subsidios, su pretensión de seguir siendo una bola de carne hegemónica se ha visto – aunque aún tímidamente - amenazada por un puñado de dientes de dragón, trozos de carne mongoliana y algo de maní. Si la salsa barbecue le ha puesto el sello norteamericano a casi un siglo de historia, la de soya está sazonando este proceso de “Pacificación” con un toque Made in China. Es este hecho el que le da sentido a lo que considero es la “Pacificación” de las relaciones internacionales, es decir, el proceso a través del cual ciertas actuales o futuras potencias asiáticas seguirán activando y consolidando el área geo – económica del Océano Pacífico como su natural área de influencia y como el principal escenario de la proyección de su poder. En la medida en que este proceso vaya tomando cuerpo, China asumirá un rol cada vez más preponderante en el sistema. Los amigos de las predicciones científicas, esperan que China sea la potencia que termine por sacudir la estructura del poder global. En el menú, el chapsui está primero en la orden de pedido. En algún momento de este siglo, ambos pelearán palmo a palmo el centro de la mesa del poder mundial. Así lo han hecho ver los expertos y, no es casualidad que la mitad de la población estadounidense crea que China va a suponer el mayor reto para su estatus de potencia mundial en los próximos cien años (J. Nye Jr., 2003). En esta carrera, tanto el chapsui como la hamburguesa se enfrentan al crucial desafío de alimentar su débil poder blando. En el primer caso, dejar atrás la sensación de que el sostenido desarrollo de su economía va a ser frenado de golpe por la permanencia de su vieja y contradictoria estructura política y social – donde el tema de los derechos humanos es altamente sensible – y, en el segundo, revertir la sensación de que, gracias a un poder duro sin precedentes, actúa sólo en favor de intereses propios pasando por encima de las herramientas políticas que el multilateralismo ofrece. Es un hecho que la “diplomacia de cañón” estadounidense ha impuesto por la fuerza en algunas mesas un menú sin siquiera preguntar qué es lo que se quiere comer. Pero, sistemáticamente se ha equivocado en pretender que todo el mundo trague ingenuamente hamburguesas bajo la creencia que es lo más nutritivo y sano que hay. Hemos sido testigos – y ellos más que nadie - de cómo algunos han lanzado violentamente los platos contra el suelo. La Pacificación progresiva o futura reorientación de los centros de poder hacia la cuenca del pacífico, tendrá un protagonista y ese será precisamente China. Al igual que lo fueron el Imperio Romano y ciertas ciudades medievales con el Mediterráneo y los estados nacionales o monarquías mercantiles con el Atlántico. En algunos aspectos, ya ha comenzado a chocar con los límites de lo posible, en otros ciertas estructuras anacrónicas aún ejercen resistencia y hacen más pesada su carrera. Tal como Europa se valió de tecnología oriental para nada menos que conquistar el mundo siglos atrás, es de esperar que el rígido politburó de Beijing termine por asimilar completamente la idea de que dentro de sus fronteras el chapsui – al que le quedan aún algunos minutos de cocción - también se puede comer con tenedor.
No es una empresa fácil el entender que las dos Guerras Mundiales que sacudieron la primera mitad del siglo XX no es lo más terrible que le sucedió a la humanidad durante ese periodo de tiempo. Identificar y entender las causas que llevaron a que los habitantes del planeta comenzaran a despedazarse entre sí, causas que van más allá de lo que Tucídides planteó como la inevitabilidad del conflicto, presenta un drama mucho más sombrío y agudo que el de las luchas armadas que no son más que manifestaciones de fuerzas que fueron programadas y se fueron desatando mucho antes. El XX, es el siglo más sangriento del que se tenga recuerdo, cerca de 64 millones de habitantes mueren, poco más del doble de las bajas que dejó en Europa una de las pandemias más feroces esparcidas sobre la tierra, la peste negra en el s. XIV. La pólvora, responsable del término de unas cuantas vidas en el siglo pasado, aún no era introducida en occidente. Algunos colocarán al Imperialismo y el auge de los nacionalismos como las causas de las Guerras; otros hablarán de la deshumanización progresiva, del triunfo de la razón, de lo cuantificable y de los costos inesperados de colocar la idea de progreso como motor de la existencia; los más miopes dirán que todo ocurrió a causa del homicidio llevado a cabo por el joven servio Gavrilo Princip contra del príncipe heredero al trono de Austria Hungría, Francisco Fernando y su señora Sofía. Todo depende, al final, de los tiempos o, mejor, de la extensión del tiempo que se es capaz de manejar, además de la agudeza con que los hechos son puestos a contraluz o son sumergidos – como intentando encajarlos – en el denso transcurrir de las fuerzas históricas. Sin Princip la guerra igual hubiera estallado y de que sin Lutero la Reforma era algo inevitable. Creo ver en el tema de la vejez y la modernidad algunas de las claves que nos permiten el acceso a una parte de lo que fue el siglo XX. Me da la impresión de que el s. XX fue al encuentro de un s. XIX tremendamente optimista, al menos desde la perspectiva del inobjetable triunfo del hombre sobre la naturaleza, o si se quiere desde el punto de vista de la vida material. Recuerdo haber leído en el clásico libro de Hobsbawm “Extremes. The Short Twentieth Century” que una de las grandes transformaciones del siglo XX era la pérdida de los tradicionales lazos sociales o, más precisamente, la desintegración de las antiguas pautas por las que se regían las relaciones entre los seres humanos y, con ella, la ruptura de los vínculos entre las generaciones, es decir, entre pasado y presente. El individualismo asocial puro, del cual se habla ahí, terminó por desencajar en un momento de la historia los puntos de encuentro generacionales, los cuales fueron siendo reemplazados gradualmente por gigantes y grises pedazos de concreto. En esto tiene mucho que ver el triunfo de la ciencia y del progreso y con ello la sensación de que todos los males de la humanidad serían resueltos por la creciente dominación del hombre sobre su entorno. Paralelo a esto proceso, las maravillas tecnológicas no dejaban de sorprender al hombre. El individualismo que comenzó a gestarse muchos siglos antes, pero que es extremadamente claro en el burgués decimonónico, opera y esconde un fenómeno similar al proceso por el cual los Estados Nacionales comienzan a romper con el antiguo orden dinástico. Si la Reforma y la posterior Guerra de los Treinta Años significaron la aparición de nuevos Estados Soberanos - el Estado Moderno tal cual lo conocemos hoy al menos en sus bases - y la creación de un nuevo y duradero orden internacional, la Revolución Industrial terminó por otorgarle al hombre la soberanía e independencia tan anhelada desde el tiempo de los Médicis. El largo proceso de secularización no es más que la continua “soberanización” del hombre frente a las fuerzas ambientales, espirituales y culturales que tradicionalmente lo determinaban. El mundo cambió totalmente y de manera violenta luego de la Revolución Industrial. Cambio, para algunos, sólo comparable con la Revolución Neolítica del 5 mil antes de Cristo. En una lectura cuyo nombre no recuerdo, quedé muy sorprendido con una potente metáfora. Allí se hacía alusión a que un sirviente de palacio del Imperio Romano, pongámonos en el caso de la Domus Aurea de Nerón, podría sin mayor dificultad desempeñar sus labores muchos siglos después, por ejemplo en el edificio de Luis XVI. Sin embargo, si colocáramos a ese mismo sirviente en pleno siglo XIX, moriría de inoperancia. Algo similar ha pasado con los ancianos. Si antiguamente la figura del anciano encarnaba la supervivencia de una cultura, pues en él se hallaba depositado todo el saber y todas las capacidades experienciales como para lograr hacer perdurar una civilización a través del tiempo, generación tras generación, con la modernidad éste ha dejado de cumplir el papel de nexo vital, para transformarse en un verdadero estorbo. Es que la Revolución Industrial, entre otras cosas, fue y ha seguido siendo una Revolución del Tiempo - violenta - en la cual hemos visto cómo absolutamente todo ha terminado por ser cuantificado en virtud de su utilidad. No se trata de añorar los tiempos anteriores a cuando el imponente reloj en medio del ajetreo de la ciudad terminó por reemplazar el sonido de las campanas. Es sólo un indicador de cómo se puede cada vez en menor tiempo morir de inoperancia en nuestros días. El sistema, el mismo antiguamente sostenido y prolongado por el anciano, terminó por darle la espalda. Si problema de la ancianidad es un tema importante hoy en día, para el año 2050 tendrá que ser tratado con mayor seriedad. Será en esa fecha, cuando se un hecho inédito en la historia de la humanidad, a saber: la cantidad estimada de ancianos para ese entonces superará la de niños entre 0 y 14 años. De los 9 mil millones de personas estimadas que existirán en todo el planeta, 2 mil millones tendrán más de 60 años. El avance de la ciencia, tecnología y medicina – amables consecuencias de la modernidad - sumado a las mejoras en la alimentación de niños en riesgo de subsistencia ha permitido, y lo seguirá haciendo, un aumento prolongado en la esperanza de vida de la población. Si a mediados del siglo XX, ésta era de 41 años, cifra no muy lejana a la de la Edad Media que podríamos especular en 35 años, para el 2020 ésta ascenderá a los 70 años. Es impresionante, a través de datos como éstos por ejemplo, tomar conciencia de la velocidad con que se ha acelerado el ritmo de la historia o – mejor dicho – ver cómo en tan sólo un siglo se han concentrado los mayores y más espectaculares cambios de la humanidad. Hoy en día, el problema de la vejez en América Latina no es tan grave como en algunos países de Asia. Para mediados del siglo XXI, se estima que las más grandes concentraciones de personas mayores de 60 años se ubicarán en los países menos desarrollados o en vías de desarrollo. Esto quiere decir que muchos de aquellos países, envejecerán antes de alcanzar el desarrollo. Hay un tema técnico de una significativa importancia relacionado con los sistemas de pensiones o con el porcentaje del gasto social gubernamental destinado a aquellas, que en el caso latinoamericano y asiático está muy por debajo del europeo. Sin embargo, el tema fundamental aquí – y que es más amplio que el anterior - es pensar de qué manera el sistema en su totalidad será capaz en un futuro de integrar y ser más amigable con lo que será cerca del 20% de la población mundial.
Su dominio es increíble. Puede sentarse a hablar o a escribir prácticamente de todo. En el uso o abuso de su libertad intelectual, no teme caer en contradicciones ni en vacíos. Probablemente no se dé cuenta o si lo hace trata de salvar su coherencia con frases al estilo “en cierto sentido”. En el otro, sin embargo, no lo perdona. Es Fernando, objeto de culto. Es que el Chascón arrastra gente; forma parte de ese grupo selecto de personas que hablan de frente, sin rodeos ni miedos atávicos, tan propios de nuestra cultura. De aquellos que de un tiempo a esta parte adscribieron públicamente a la manoseada y cursi lucha contra el doble estándar como motivo de vida. De los que descubrieron que no hay nada peor que ser un chileno “promedio”, un mediocre, un hipócrita. Fernando, en cambio, es valiente, dice las cosas por su nombre. Se desmarca, mira desde lejos y juzga. Concentrado en descifrar la tan esquiva idiosincrasia latinoamericana Villegas deja ver – en su columna dominical de La Tercera el 13 de noviembre - que en ella existe un altísimo componente de autocompasión. Es este elemento el que nos ha llevado históricamente a asumir el papel de víctimas y a buscar culpables entre nuestra siempre ciega responsabilidad. Por culpa de este o de aquél es que hemos llegado a ser lo que somos. “Compramos indulgencias” para pagar y olvidar nuestros propios pecados. Nos invita a leer discursos históricos, tesis, doctrinas políticas, ensayos etc. para demostrar que el quehacer intelectual latinoamericano está transversalmente corrompido por el vicio de acusar siempre a un tercero eximiéndonos de culpas propias. En medio del amplio caudal de ejemplos con los que pretende afirmar sus ideas – y de paso taparse las narices para no sentir el olor a mierda que lo rodea - menciona el deterioro de los términos del intercambio, la conocida tesis articulada por el economista argentino Raúl Prebisch en el seno de la naciente Comisión Económica para América Latina. En resumidas cuentas, una tesis en la que queda demostrada la baja elasticidad precio de las materias primas en comparación con la alta elasticidad de los de las manufacturas, lo que finalmente atenta contra los estándares de vida de los países subdesarrollados. A pesar de la velocidad de las mejoras en la calidad de los productos manufacturados en relación a la más lenta de los productos primarios, la tendencia hacia el deterioro secular de los términos del intercambio se mantiene. A las mismas conclusiones llegaba por ese entonces el economista británico Hans Singer y algunos otros teóricos del recién posicionado concepto de desarrollo económico. Poco antes lo hacía un estudio de Naciones Unidas en cual se tomaba como parámetro el periodo de tiempo 1879 – 1947. Habría que rastrear el árbol genealógico de los británicos Singer para ver dónde está el origen de la latinización – con minúscula - de su pensamiento económico. Lo mismo habría que hacer con algunos otros teóricos de posguerra. La tesis en cuestión sirvió - en medio de un considerable cambio de sensibilidad hacia los problemas del Tercer Mundo - para articular un sistema operativo en el cual se intentaron, más allá de los resultados concretos, resolver las causas no sólo externas, sino que también endógenas que incidían en la alta vulnerabilidad de los países latinoamericanos frente a las oscilaciones del ciclo económico y en su estado de atraso en relación a los países industriales. Al mismo tiempo, se reconocía la enorme necesidad de propiciar una diversificación de las exportaciones, una reformulación del régimen de tenencia de tierras, de estimular la pobre capacidad de ahorro interno, de discriminar la adquisición excesiva de bienes superfluos y de favorecer la penetración del progreso técnico no sólo en actividades primarias, sino que principalmente hacia las industriales, entre otras cosas. Para Prebisch y sus colaboradores estas circunstancias, muchas de ellas reconocidas como insuficiencias propias, no representaban un problema de carácter ético atribuible del todo a la competencia de un tercero. Era más bien la realidad, tal cual y, gracias a eso, se podía obrar sobre ella para intentar corregir ciertos desequilibrios. Era el momento de actuar, de ganar terreno a los ortodoxos defensores de una teoría clásica cuestionada luego de los sucesos del 29’ y que había nacido en el seno de las pujantes sociedades industriales europeas cuya trayectoria histórica era poco homologable con la nuestra; en fin, de hacernos cargo de nosotros mismos, conscientes de que, a su vez, no nos podíamos abstraer de la dinámica de la economía mundo. Comparto la visión de que muchas veces la utopía tiende a favorecer un statu quo tremendamente conveniente; allí cabe cuanta culpa, queja o alegato quiera escupirse. Las acciones con real sentido quedan fuera puesto que pueden botar por tierra la eterna - y para algunos cómoda - lucha contra un imposible. Pero éste, lamentablemente, no es el caso. La siútica y decimonónica actitud de Villegas – tan propia de la elite latinoamericana – de glorificar culturas foráneas como la italiana o la francesa y crucificar la propia, cae en severas contradicciones. Acusa la incapacidad de asumir nuestras culpas, sin embargo fija el origen de nuestros males en las “remotas y venenosas semillas” traspasadas por España a “nuestro ADN societario”. El trabalenguas que propone, entonces, es el siguiente: Somos culpables de no asumir nuestras culpas por culpa de la porfiada insistencia con que el decadente legado de la cultura española se manifiesta en nuestra idiosincrasia. Villegas se pisa la cola, parece ser tan latinoamericano como nosotros. Regala ejemplos sin fundamento, idolatra lo ajeno y reniega de lo propio, se contradice. - Y ¿a quién culpamos de esto Fernando?